domingo, 3 de mayo de 2009

El cedrón


Hubo una época en el mundo, en que los seres humanos vivían en paz y armonía.
Los conflictos se solucionaban pacíficamente, se disfrutaba del invierno así como del verano. El otoño era una época de recambio y la primavera, de renacer.

Se olía el aire puro, los arroyos y los ríos eran transparentes, estaban llenos de peces que alimentaban a los indígenas que vivían en sus márgenes. En los montes había árboles grandes y hermosos, los pájaros cantaban los designios divinos. Los duendes y los seres elementales hablaban, jugaban, sonreían y compartían sus enseñanzas con los seres humanos.

Los habitantes de estas tierras cosechaban los frutos de los árboles, cazaban para comer y usaban sus canoas para transitar los arroyos y grandes ríos como el Uruguay y el Paraná. Se curaba con las hierbas y con las flores. Disfrutaban al ver las estrellas y reverenciaban a la luna, con ofrendas y ceremonias sagradas.

Este relato sucede en esa época de la humanidad.

Iba terminando el otoño, venía el invierno con sus lluvias y crecientes. Un día, dos niños Caboá y Tupí, fueron río arriba buscando frutos de los árboles. Hacía calor y se avecinaba una tormenta. Ésta los sorprendío y los niños se refugiaron debajo de unos árboles para esperar que pasara. Las aguas del río pasaron de un caudal tranquilo a una corriente que arrollaba todo a su paso. El río se desbordó en plena noche.

Caboá y Tupí se subieron a un Timbó para protegerse. Lloraban angustiados por la situación, veían cómo el agua arrastraba árboles y animales. Todo se transformaba en un inmenso mar. El árbol en el cual se cobijaban cedío a la correntada. Sus ramas sobresalían del agua varios metros y su tronco inmenso servía para que los niños permanecieran sentados. Sobre esa improvisada nave los dos niños emprendieron un largo viaje durante el cual la naturaleza los sometería a duras pruebas.

Entre las hojas del inmenso árbol vieron nidos de pájaros y escondido, mirando fijamente, un yaguareté. La angustia de los niños se acercaba al límite.

El duende del Cedrón llamado Oloxali también viajaba en ese árbol. Era una experinencia que los niños debían pasar para aprender y crecer.

Le dijo Oloxali al yaguareté:
-Has de ayudar a estos niños para que aprendan tu valor.
-Y tú, les darás de comer y les enseñarás a vivir esta experiencia con serenidad y tranquilidad- le contestó el yaguareté.

Luego se acercó a los niños que lo miraban asustados, se refregó sobre ellos suavemente para que se dieran cuenta que los iba a cuidar y ayudar. El duende del Cedrón los miraba desde una rama y le ordenaba al animal cómo socorrerlos. El animal lamía con ternura los pies a los niños. Al ver esto, se fueron tranquilizando. Poco a poco fueron entendiendo el lenguaje del animal, por lo que el miedo se les pasó y durmieron abrazados el resto dela noche.

Paró la lluvia y a la otra mañana, el enorme árbol de Timbó fue siguiendo el cauce del río. Al descender las aguas, Caboá, Tupí, el yaguareté y Oloxalí buscaron refugio. Se metieron dentro de una cueva. Juntaron alimentos durante el invierno. Las criaturas aprendieron muchas cosas del yaguareté y el duende del Cedrón: el valor, la astucia, la serenidad y la paz para enfrentar las situaciones de la vida. El animal les enseñó a cazar y a procurarse alimento, el duende les enseñó a comunicarse con las plantas y las flores para curar sus enfermedades.

Llegó el día en que terminó el invierno, el yaguareté debía seguir su camino solitario, Oloxalí les había enseñado el secreto de las plantas, por lo que ya estaban prontos para enfrentar la vida y sobrellevar las situaciones con valor y serenidad.

Era así como debían volver a sus tierras, con su gente. Habían hecho un pacto con el yaguareté y el duende para aplicar sus enseñanzas. El duende los abrazzó, el animal les lamió los pies, marchándose despacio entre los árboles del monte. Los niños se quedaron mirándolos, tristes y a la vez contentos.

Luego regresaron, pero ya no eran niños, habían crecido. Caminaron mucho hasta encontrar a los suyos, que los esperaban ansiosos. Habían vivido una experiencia que serviría de ejemplo a quienes los rodeaban.

Fuente: Flores para sanar.
Autor : Bernardo Ferrando.

8 comentarios:

noeli dijo...

simplemente maravilloso y natural. Amo la naturaleza, y es un placer leer relatos asi, gracias mi querida willow, eres un hada del bosque, verdad?? te quiero mushoo, muaaa, muchos besitos-.

Willow dijo...

Gracias mi querida. En verdad es un relato bello lleno de encanto.Igual es mi cariño hacia tí, princesa. Ten una linda semana y que la luz, te acompañe...

Diego González dijo...

¡Amo el Cedrón en un té! :)

Willow dijo...

Sip, es rico Diego y tiene muchas propiedades buenas para nuestra salud. Pero cómo todo, a no abusar...es bueno en pequeñas cantidades. Yo adoro su aroma dulzón y fresco. Sus flores delicadas y cómo no, unas hojitas en el té.jejeje¡
Besos diego.

Maya dijo...

Ooooohh!!!q linda historia ^_^
Yo quiero volver a esos tiempos en los q habia un equilibrio entre naturaleza y humanidad!!aunq claro,si me pongo a pensar creo q me costaria sobrevivir sin algunas tecnologias XD
Besitos!!

abrecabezas dijo...

que belleza la historia
Me encanta el perfume que tiene el cedron,pero mas me gusta en un te .
Besos

Haideé Iglesias dijo...

Eso es la vida, las experiencias...
Qué hermoso!
Nos empeñamos en hacer vivir a los que queremos entre algodones y no nos damos cuenta de lo pernicioso de tal actitud.
Un abrazo mi querida amiga :)

Alonzzo Santaangelo dijo...

Tan bonito como el mismo aroma del cedrón